Evolución morfológica de las especies


Tradicionalmente, el entendimiento de las formas y los patrones de los organismos vivos le atribuye a la función su causa fundamental. Sin embargo, forma y función dependen de principios aún más fundamentales que afectan al individuo de una especie y a sus manifestaciones colectivas. Forma y función emergen, en realidad, de la interacción de las tres dimensiones que definen nuestro universo. En otras palabras, las líneas, las superficies y los volúmenes son distintas perspectivas de un mismo ambiente morfológico.
En este contexto, el tiempo puede ser interpretado como un fenómeno de despliegue espacial. Un punto, por ejemplo, no tiene dimensión. Pero un punto en el tiempo puede describir un eje y una línea. A su vez, una línea en el tiempo crea una superficie, y si proyectamos ese plano en un tercer eje, los cortes transversales de un cubo ocupan el espacio de un volumen. Si hacemos la prueba de situarnos a cierta distancia de este objeto tridimensional, no tardaremos en comprobar que el cubo tiende a hacerse pequeño desde la perspectiva del observador. Esto ocurre porque todo objeto de tres dimensiones se convierte en un punto de cero dimensiones al contemplarse de lejos. Alejarse del objeto supone volver, entonces, al punto de partida.

Los minerales reproducen estos patrones, pero solo en el espacio. Los seres vivos lo hacen en el espacio y en el tiempo, tanto en su crecimiento individual como en la evolución de su especie. Una célula no es otra cosa que una estructura de tres dimensiones. Pero cuando se une a otras células se comporta distinto y puede constituir líneas y superficies.
La vida en el planeta renueva incesantemente estos ciclos interdimensionales. En un principio, una célula se copia para dar origen a un organismo con las características espaciales de este universo. Su desarrollo es inequívoco: pasa de ser un punto a una línea, de un plano a un volumen, y esta masa, que es colectividad, vuelve a transformarse en individuo cuando se integra a estructuras más complejas. Así, no es extraño encontrar correspondencias tanto en la evolución de un organismo individual como en la trama de su árbol taxonómico. Los organismos microscópicos ilustran muchos de los principios espaciales y temporales de este proceso vital.

Las Clorococcales son pequeñas algas que habitan el agua de los ríos. Uno de sus ejemplares más simples, el Dictyosphaerium, es un organismo unicelular que a menudo se vincula con otros individuos para recibir los beneficios de la colaboración. En otra especie del mismo orden, llamada Scenedesmus Cuadrispina, Las células se acoplan polarmente para configurar un organismo con capacidades especializadas en diferentes funciones.
Por su parte, Scenedesmus Acuminatus tiene una disposición similar, sólo que la forma almendrada de sus células le da la posibilidad de ocupar una superficie en lugar de una columna. En el caso de Pediastrum Boryanum, las Clorococcales se enlazan en un plano que permite aumentar la complejidad del organismo y, por lo tanto, la cantidad de funciones que puede realizar. Algas motiles, como Volvox, forman colonias esféricas de tres dimensiones.



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La mayoría de las plantas crece de una semilla, pero tan pronto la germinación comienza su desarrollo espacial, la simiente se transforma en un punto del que se desprende una línea --primero como raíz y posteriormente como eje vertical de un tallo--, para después desplegar hojas de dos dimensiones y un tronco, que a su vez es una línea y una estructura tubular tridimensional.
Infinidad de plantas atraviesan estos intervalos interdimensionales. El ciclo de una flor sintetiza el de toda la planta, desde su brote hasta la generación de polen. Los cactus son un ejemplo claro de este sistema. Desde el meristemo se puede calcular, a partir de un ángulo de divergencia, la historia morfológica de su estructura.



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En los tres grupos principales de moluscos se puede observar el rastro de la evolución dimensional en clases taxonómicas. Los bivalvos son conchas que a menudo se encuentran fijas en un punto del fondo del mar y que dependen de los vectores de las corrientes submarinas para alimentarse. Los gasterópodos tienen facultades para moverse en dos dimensiones --lo cual les permite habitar también en tierra firme-- y los cefalópodos, como los pulpos, pueden nadar en tres dimensiones.
En este sentido, el agua y el aire son ambientes tridimensionales y la superficie de la tierra es bidimensional.
Las interacciónes entre individuo y medio ambiente son operaciones de simetria, donde diversas posibilidades evolutivas emergen de distintos ambientes.


Los invertebrados comienzan el desarrollo de su forma como una línea; los Annelidos y los Nemátodos son organismos de una dimensión. Los Myriapodos (milpies y cienpies) comparten esta característica, pero tienen extremidades, también de una dimensión, distribuidas a lo largo del cuerpo. Es el nivel de eficiencia de las extremidades lo que define las posibilidades evolutivas de una especie. No en vano los Myriapodos se tornaron organismos más complejos, como los arácnidos de ocho patas y los hexápodos de seis, que logran desplazarse en dos dimensiones con una eficacia única. De ese modo continúan evolucionando espacialmente hasta conseguir alas y poder surcar tres dimensiones.
Los insectos más evolucionados experimentan dentro de su ciclo de vida una metamorfosis que es también un lapso dimensional: pasan de ser una larva unidimensional a un adulto con capacidad para volar.
Se pueden observar muchos hipermorfismos en la estructura y el comportamiento de los insectos. Existen incontables patrones que, en distintas escalas, nos ilustran sobre los principios organizacionales de las criaturas vivas: los ojos y los panales de las abejas comparten los fundamentos de las esferas empacadas; cuando las mariposas Monarca se aglomeran alrededor de un Oyamel reconstruyen la composición que forman las escamas de sus alas.


Tanto los artrópodos como los vertebrados iniciaron su progreso morfológico como una línea. La diferencia entre un esqueleto externo y uno vertebral consiste en una operación de simetría donde los componentes sólidos de un organismo vivo se encuentran en la superficie o en el núcleo de una criatura.


Los vertebrados marinos están horizontal o verticalmente orientados al azimut del planeta. Ambas posiciones representan ventajas evolutivas que son aprovechadas de muchas formas. Sin embargo, fueron los de orientación horizontal los más aptos para colonizar las superficies. Todos los tetrápodos terrestres tienen un ancestro común, representado hoy por los anfibios modernos.


Los reptiles especializaron su evolución en distintas dimensiones. Las serpientes tienen una estructura lineal, a diferencia de las iguanas y los lagartos, que poseen extremidades. Los terápodos --dinosaurios bípedos de orientación vertical-- desarrollaron alas y evolucionaron en aves.


Algunos mamíferos también sacaron provecho de la verticalidad: los primates gozaron de la visión panorámica que se obtiene al subirse a un árbol o simplemente al erguirse.
Hasta el momento, el ser humano es el ápice de la evolución de las especies. Toda persona contiene los anales morfológicos de la vida en la tierra. Nuestra supervivencia depende de las experiencias que adquirimos al observar la naturaleza. Hemos podido romper las barreras físicas que nos impedían movernos en tres dimensiones e incluso ver el mundo desde el espacio como un punto azul. Los principios espaciales y temporales hacen acto de presencia no sólo en los seres vivos, sino también en las estructuras físicas, políticas, sociales y económicas que los seres humanos hemos creado. Este saber se traduce en el autoconocimiento de nuestra especie y probablemente sean fundamento de otras formas de vida en el universo.


Raúl González